Las comparaciones son odiosas y todos hemos sido víctimas de ellas. Comparaciones con los hermanos, con los compañeros de clase, con los que juegas en tu equipo, comparaciones incluso con tu madre o tu padre. “Son igualitos, o “porque sé que es tu padre, porque no se parecen ni en lo blanco del ojo”. Continuamente nos vemos sometidos a las medidas y comparaciones subjetivas de otros.  Terminamos por creernos sus juicios de valor sin base alguna y con ello nos miramos de forma diferente “pues igual tiene razón y soy un desordenado”, “si tanto me dicen que no tengo sentido del humor igual es que no lo tengo”. Y configuramos la imagen que tenemos de nosotros mismos en base a la opinión de gente que solo conoce una parte de nosotros, nada más.

Para manejar estas opiniones críticas lo mejor es tomarlas como algo ajeno a ti “esto no va conmigo, está proyectando en mí toda su miseria”. Salvo que tengas a alguien que te realiza una crítica constructiva de la que puedas aprender algo, trata de mantenerte a distancia de todas las demás. Incluso si vienen de alguien muy querido como pueden ser tus padres. Ellos han elaborado una imagen del hijo o la hija que desean tener y cuando no encajas con sus expectativas, tienden a comprarte con tu hermano, con lo que deberías ser y no eres y sin ánimo de hacer daño, te destrozan. Hasta cuando las comparaciones son en broma, son odiosas.

Pero la comparación peor es la que surge de ti mismo.  “No voy a estar a la altura de la entrevista, de las circunstancias, de la persona, del momento, mis amigos son mejores que yo, más inteligentes, más exitosos, mi marido es más resolutivo y yo me veo tan poca cosa al lado suyo, y fíjate mi hermana, triunfando en su trabajo y yo sin despegar…”. Hay infinidad de situaciones y personas con las que nos comparamos y que nos hacen creer que no seremos lo suficientemente eficaces, resolutivos, capaces, guapos, valientes, empáticos, etc., como para superar el momento. Lo más gracioso de no estar a la altura es que sueles ser tú el que lo anticipa o se juzga. Ni siquiera das la oportunidad a la altura para ver si llegas o no.

Para estar a la altura tenemos que tener en cuenta dos parámetros, las  demandas de la situación a la que aspiramos, y las herramientas con las que tú cuentas para superar el momento. Una persona que piensa que no estará a la altura tiende a deformar ambas. Tener pobres expectativas consigo misma y altas expectativas en función de lo externo. Trata siempre de tener claro que llevas en tu mochila, qué te sirvió en otros éxitos pasados, piensa en lo que depende de ti y en las muchas maneras que tienes para resolverlas. Ten paciencia y creatividad.

Para empezar a erradicar el comportamiento tóxico de compararte, asume estas tres premisas:

 

Con quien tienes que medirte es contigo mismo, y tampoco esto es necesario. Porque lo que conseguiste en el pasado se debió a tus circunstancias del pasado. Hoy eres alguien nuevo, y mañana serás otra persona. Así que trata de hacer lo que mejor puedas en cada momento de tu vida, sin compararte con tu yo del pasado, salvo que eso te inspire, motive y te de fuerzas para copiarte.

 

Compararnos no conduce a nada. A las conductas les sigue una contingencia, un motivo evolutivo para que se mantengan. Compararte de forma negativa te hace sufrir y baja tu autoestima. La autoestima es algo que ahora estamos tratando de cuidar especialmente. Así que no hagas esfuerzos voluntarios por cargártela sin más motivo que cargártela. Cuando te vayas a comparar piensa, “¿qué gano con ello?” Nada. Solo tienes que contestarte que ahora eres alguien maravilloso, entero y perfecto.

 

La comparación no es una realidad, solo una exigencia más. ¿De verdad que vas a someterte a tus propias exigencias? No, hombre no. Atendamos las realidades, no las interpretaciones, exageraciones o personalizaciones que establecemos buscando ser mejor pero que al final nos hacen sentir tan mal que terminan consiguiendo que lo hagamos peor.

 

Estás en cada momento de tu vida en una constante transformación. Igual que nunca compararías un huevo con un pollo, tampoco puedes compararte a ti mismo con lo que eras o lo que puedas ser. Solo nos vale el hora, y no tiene comparación posible.

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