La frustración es la emoción que surge cuando invertimos tiempo, esfuerzo, dedicación, ilusión en un objetivo y no alcanzamos lo que nos proponemos. Pero también hay mucha gente se siente frustrada por puro capricho. Se sienten frustrados porque su equipo no gana, porque no les presta atención esa persona que les atrae, el niño porque su padre no le compra la bolsa de chuches o porque en su restaurante favorito se ha acabo el plato con el que soñaba desde la mañana. Sentirse frustrado es sentirse decepcionado, desilusionado. En muchos casos es símbolo de fracaso porque, a pesar de haber merecido el premio, te quedas sin él. En estos casos, la frustración, tiene un sentido. En los demás, es fruto de la mala educación, de la falta de paciencia y, sobre todo, de no relativizar. Relativizar es importantísimo para dar a los problemas su justa medida.

 

No todos los premios dependen de nosotros. Una oposición tiene un número de plazas, un partido tiene dos rivales, una maratón tiene miles de corredores, y la propia vida tiene miles de obstáculos que van a dificultar y a veces impedir, que alcancemos nuestros objetivos. Por eso es muy importante que desde pequeños nos entrenemos en saber gestionar la frustración y aprender a hacerle hueco como forma de vida.

 

La consecuencia de no saber cómo encajar la frustración suele ser el abandono. Personas que dejan de estudiar, deportistas que abandonan ese deporte que no le da más que disgustos y gente que deja de intentarlo y tira la toalla. Y lo que no nos damos cuenta es que igual el objetivo requería fracasar, tenía una mayor dificultad, o por el competían más personas de las que nos imaginábamos. No saber tolerar la frustración nos llevará a no invertir más esfuerzo por no sufrir y con ello perder lo que nos habíamos propuestos.

 

Para aprender a tolerar la frustración, necesitas:

 

  1. Relativizar. ¿Es justo de cara a la humanidad que te frustres por esto? ¿De verdad que está justificado? ¿Has trabajado duro, le has dedicado tiempo, ha supuesto un esfuerzo para ti? Si es así, tienes todo el derecho a frustrarte. Es más, te sentará hasta bien expresar lo que sientes. Pero, de ser un motivo banal por el que te estás enfadando, es mejor que recapacites y lo pongas en perspectiva. No todos tus deseos pueden ser satisfechos. No lo mereces todo, ni tú ni nadie. Valora en este momento la frustración de cientos de millones de personas que no acceden a lo más básico de la vida. Devaluar tu problema te ayudará a empatizar y entender que no es justo perder el tiempo sufriendo y mucho menos, contagiar esa emoción a los que te acompañan.
  2. Entender la frustración como parte del procedimiento. La frustración no es algo inusual ni algo raro. Es parte del proceso, y ya está. Entenderla como como tal hará que la normalices y también lo que se siente cuando surge. Cuando sufras por no conseguir el objetivo, no verbalices o pienses “no vale la pena, ya lo decía yo, si tanto estudiar al final para nada”. Trata de cambiar tu mensaje “tranquilo, es normal que te sientas de esta manera, has invertido esfuerzo y esta vez no lo has logrado, por supuesto que duele, pero igual necesita un poco más de inversión”.
  3. Hablar del fracaso y del error con naturalidad. Sobre todo para aquellos que eres modelo de conducta, tus trabajadores, tus hijos, tus amigos, tus jugadores. No te justifiques, no montes un drama, habla de cómo te sientes, de lo que has invertido y de cómo volverás a intentarlo. Tus hijos tienen que ver el fracaso con naturalidad. El fracaso no es sinónimo de “lo he hecho mal”, solo significa que esta vez no ha sido posible alcanzar el objetivo y que, si se invierte tiempo o imaginación, igual se puede conseguir de otra manera. Recuerda, el fracaso no dice nada de ti.
  4. Educar y educarte en la cultura del esfuerzo. Muchos niños se sienten frustrado a la primera, al primer intento. Y es que no están siendo educados en la perseverancia. Se les protege pensando que la frustración les hace daño. Y no nos damos cuenta de que saber “soportar” ese sufrimiento, llorar, desesperarse, enfadarse, forma parte del camino de la perseverancia. De hecho, perseverancia, significa algo así como seguir insistiendo en algo hasta que sale. Y si no sale es porque estás cometiendo errores o porque requiere más tiempo. Es decir, nada sale a la primera.  No le digas a tu hijo “no sufras, déjalo ya, es muy complicado”. No resuelvas por él problemas que él tiene que afrontar. Deja que se lleve la crítica de su profesora, la corrección de su entrenador, deja que se enfade e insístele en que lo vuelva a intentar. De inicio, nunca se sabe cuántos intentos necesita una meta, así que tendremos que seguir.
  5. Plantearte metas de rendimiento, no de logro. La frustración tiene más probabilidad de aparecer cuando defines un deseo en función de su resultado. No siempre el resultado depende de nosotros. Trata de definir lo que quieres basándote en la manera en cómo tú puedes intervenir en ello. Podrás conseguirlo o no, pero sí podrás medir tu trabajo y tu esfuerzo. Y esta información es muy valiosa de cara a plantearte el objetivo otra vez. Tampoco te vuelvas loco buscando cambios si no es necesario. Hay veces que no se consigue la meta porque otro, por su talento natural, te ha ganado. Si corres con Usain Bolt y no le ganas los cien metros, igual no tienes que darle muchas vueltas a qué se puede corregir. Si has logrado tu tiempo, olvídate y siéntete satisfecho.
  6. Tener expectativas razonables. Las expectativas deben ser ambiciosas pero posibles. Si te planteas sacarte las oposiciones a notaría en dos años y, como es lógico, no lo consigues, tu frustración no tiene sentido. Te habrás planteado un objetivo casi imposible, habrás fantaseado con lo irrealizable y al no conseguirlo, te has sentido mal. Pero es que de inicio, el objetivo, estaba mal enfocado. Tampoco traslades expectativas imposibles a tus hijos, como inculcarles que pueden llegar a ser Cristiano o Messi. Cabe un porcentaje muy, muy, muy pequeño de que sea así, pero hasta conseguirlo tendrán un nivel de presión tremendo. Traslada a tus hijos que tienen que disfrutar, esforzarse, apasionarse, responsabilizarse, pero no cumplir tus sueños y tus frustraciones. Esta vía es la más fácil para que terminen odiando y abandonando. Y eso para el deporte, como para la música o cualquier otra actividad. Tus hijos son tus hijos, no tu proyecto de vida frustrado.
  7. Sacar un aprendizaje. La frustración es incómoda, pero te está dando información. Te dice que no has conseguido tu deseo. Así que aprovecha este momento para generar un cambio: invertir más horas, estudiar de forma distinta, entrenar diferente, conquistar a quien te gusta con humor… ¿en qué has fallado? ¿Qué puedes cambiar? Tampoco te vuelvas loco buscando cambios si no es necesario. Hay veces que no se consigue la meta porque otro, por su talento natural, te ha ganado. Si corres con Usain Bolt y no le ganas los cien metros, igual no tienes que darle muchas vueltas a qué se puede corregir. Si has logrado tu tiempo, olvídate y siéntete satisfecho.
  8. Sé agradecido contigo mismo. Si solo das valor a lo que consigues, olvidarás lo importante que son los valores. Agradécete haberte esforzado, haber sido constante, haber hecho renuncias. Porque estos valores son los que te servirán para intentarlo de nuevo. Acuérdate de darles valor.
  9. Aceptar, sin más. La aceptación nos permite dejar de luchar con algo que ya no se puede cambiar. Hay personas que son rumiantes. Dan una y mil vueltas al pasado “por qué no contesté esa pregunta que me hubiera dado la oportunidad”, “por qué no estuve más atento a mi marca, el gol viene por mi banda”, “por qué no fui más ingenioso en la entrevista de trabajo, seguro que perdí la oportunidad por no desenvolverme mejor”. Dan vueltas y vueltas al pasado, sufren, y nada de esto les devolverá la oportunidad perdida. Acepta el error, acepta que hay gente mejor, acepta aunque sea injusto. Aceptar no significa dejar de intentarlo otra vez, solo dejar de pelearte contigo mismo sobre algo irrecuperable.
  10. Saca la lectura positiva. ¿Qué puedo aprender para la próxima vez? Esta es la calve. Nada más.

 

Tolerar la frustración permite tener una vida más serena y equilibrada. Y no hacerlo es nadar contra corriente, porque, lo quieras o no, vas a frustrarte cientos de veces. La vida funciona así, más por lo que no conseguimos que por nuestros triunfos.

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