La mayoría de las personas sensibles se quejan de que su nivel alto de sensibilidad los lleva más a sufrir que a disfrutar. Así es. Las personas sensibles, y uno puede ser sensible a diferentes situaciones, estímulos, entornos, personas, viven con mucha intensidad todo aquello a lo que son sensibles. Hay personas que lo son con el cuidado y atención de los animales, otras con las obras de arte, otras con la falta de justicia, etc.

La sensibilidad tiene ventajas increíbles. Nos permite vivir la vida a otro nivel. Porque ayuda a profundizar, a conocer, a vivir con más intensidad, a impregnarnos, a exprimir momentos que para otras personas pasan de puntillas. Pero a la vez, se sufre al mismo nivel que se disfruta.

Aprendamos entonces a tener la sensibilidad a nuestro favor, a disfrutar de su parte positiva y a distanciarnos más de lo que nos duele.

  1. Empieza a valorar, en lugar de criticar, lo sensible que eres. A pesar de que a ratos te haga sufrir, tu sensibilidad es un tesoro. Te permite vivir de verdad.
  2. Identifica qué personas, qué situaciones, qué detalles o qué momentos, disparan la parte negativa de tu sensibilidad, entendiendo la parte negativa como aquella que te genera sufrimiento. Tomar conciencia nos ayuda a saber de qué nos tenemos que distanciar. No para razonar con ello, pero sí para anticiparnos. De tal manera que cuando una situación sea previsible, nos coja más fuertes.
  3. Acepta. Cuando aparezca ese momento en el que estás inmerso en tu tristeza, dolor, acepta sin más. Significa dejar de buscarle un significado, la parte justa o injusta, significa dejar de querer que tenga un sentido que igual no tiene. Aceptar es dejar de revelarte, de luchar, de querer controlar lo que igual no es tan controlable…por lo menos de la manera en que tratas de controlarlo ahora. Igual el control lo terminas consiguiendo, dejando de controlar. Bastaría un “me siento de esta manera y esto está bien”, sin más explicación, sin querer buscarle una solución.
  4. Decide. Decide cuál es tu línea de conducta en ese momento. Cuando sentimos una emoción con intensidad dejamos que la emoción elija por nosotros. Terminamos actuando de una manera fruto del embrujo de esa emoción, pero que igual no elegiríamos si nos sintiéramos con más frialdad. Hazte esta pregunta, “si esto no me doliera o afectara de esta manera, ¿cómo me gustaría actuar?” La respuesta a esta pregunta va a definir la manera de actuar de la que posteriormente seguro que te sientes orgulloso.
  5. Deja pasar el oleaje. Las emociones se presentan en nosotros como una ola. Sube, sube, sube la intensidad, y de repente, empieza el descenso hasta que se desvanece la intensidad de la emoción en la orilla. Nuestro problema es que no siempre le damos el tiempo suficiente para que se calme sola. Tratamos de clamarla nosotros porque así aliviamos esa angustia del momento y creemos coger control sobre la situación. Esto es un error. Con ello nos educamos en evitar todo sufrimiento sin permitir que el cuerpo y la mente reaccionen por sí solos y se autorregulen. Esta práctica debes tenerla en cuenta cuando aquello que te sensibiliza tanto y te afecta no depende de ti, sino de terceras personas, o la solución está en el futuro. Si en ese momento cortas el proceso normal de la ola, habrás aprendido que para estar tranquilo necesitas hacer algo ya. Pero si te das un poco más de tiempo, verás que tu inseguridad, tu ansiedad o tu pena se desvanecen muchas veces solas. Y entonces dejas de valorar ese momento como algo angustioso y termina por cobrar otro valor. Se llama surfear la emoción.
  6. Puedes entablar también una conversación con tu emoción, pero no con la situación que te la genera. Es decir, puedes decirle a tu sensibilidad o la emoción que en ese momento la representa algo así como “reina, déjame decidir qué hacer y qué sentir ahora, no es el momento de que vengas a bloquearme”. Pero no hables con la situación que la está provocando. Esto sería razonar y así se incrementa el valor de lo que sientes.
  7. Cambia el foco de atención. Las personas sensibles tendemos a ser muy introspectivas. Nos gusta mirar dentro, tratar de entender qué origina esa intensidad de la emoción, y con ello nos focalizamos en lo que nos causa dolor y pena. Cambiar el foco no resuelve el problema, pero sí permite responsabilizarnos de lo que deseamos sentir en ese momento. Cambiar el foco supone estar pendiente de todo lo que nos produce bienestar. Personas con las que nos reímos, meditar, hacer deporte, ver una serie, manualidades, editar fotos, ordenar, tirar cosas. En definitiva, cualquier actividad que requiera tu atención y que disfrutes.

Ser sensible es una ventaja, no tengo ninguna duda. A mí me ha permitido vivir la vida desde la intensidad, dejando que me dejen huella en la memoria tantas situaciones maravillosas que he vivido. Pero también es cierto que, si permitimos que la parte negativa nos afecte, el sufrimiento puede ser muy paralizante. Aprensamos a sacar partido a la ventaja de ser sensibles entrenando a la mente para darle el valor que nosotros decidamos que tiene cada situación.

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