Con este título, o el artículo es un reto o entramos en el absurdo. Soy una fan de la coherencia. La predico, educo en ella y animo, sobre todo a los que representan un modelo de conducta, a practicarla. La coherencia es sin duda la mejor lección de vida. Porque “haz lo que yo te digo pero no lo que yo hago”, “consejos vendo que para mí no tengo” o “cuando seas mayor, comerás huevo”, no sirven para nada y llevan a perder la credibilidad en las personas que nos educan.

 

Pero…hay una excepción. Y ahora me entenderéis. Los domingos por la mañana mi misión es ir a nadar. Pero cuando abro los ojos no salto de la cama cuál día de los Reyes Magos, para qué nos vamos a engañar. Mi cerebro me dice “pero qué perezón, Patri”, “tienes un montón de trabajo, ¿de verdad que vas a perder dos horas en ir y venir con lo que tienes?”, “estoy hasta un poco resfriada, luego me dará el ataque de estornudos y rinitis por el cloro”. Me salen un montón de medias verdades y de medias excusas. Mis pensamientos van en una dirección, pero, en lugar de secundarlos, en ese momento me convierto en una auténtica incoherente.

 

Existe incoherencia cuando hay falta de relación o una relación contradictoria entre lo que dices o piensas y lo que haces. Así que yo te animo a partir de ahora a convertirte en un incoherente con todos esos pensamientos o ideas que tratan de limitarte, juzgarte, paralizarte o convencerte de aquello que no te conviene. Si tu pensamiento dice blanco, tú haces negro. A mí me va muy bien así, aunque al principio cuesta. Se trata de no hacerles caso a tus ideas. Que te dicen que ¿dónde vas?, pues tú te pones el bañador y preparas la mochila del gimnasio.

 

Hay ocasiones en las que no tenemos que escucharnos, en las que no tenemos que hacernos caso. Porque analizar, darle vueltas y encontrar medias excusas nos llevará a ser coherentes con la pereza, la falta de disciplina y a no cumplir nuestros objetivos. Y como que no. Que para torpedearnos ya hay muchos, no nos sumemos a la fila.

 

Así que la próxima vez que tengas una meta y empiecen los pensamientos vagos a hacerse hueco, decide si son los compañeros de viaje que deseas tener o si prefieres convertirte en un rebelde y no obedecerles. Puedes darles un portazo virtual, darle al delete, decirles que no están convocados o incluso, mandarlos al garete. Todo, menos hacerte su amigo. Ya lo decían nuestros padres, “aléjate de las malas compañías”.

 

El truco está en actuar en lugar de pensar. No eres tus pensamientos, eres tus acciones. Tu mente puede proponer, parlotear, argumentar o intentar sabotear. Pero tú eres quien inicia la acción. Y a pesar de que es cierto que son nuestros pensamientos los que nos guían, hay momentos en que debemos dejar de atenderlos, no escucharles y no hablarles. Ya conocéis mi “cartucho, cartucho, que no te escucho”. A mí me ha funcionado siempre. Es lo único que respondo cuando ahí arriba, en el ático, se ponen pesados. Llega un momento, en el que de no hablar con ellos, los pobres, cansados, se callan. Saben que no reciben atención y eso los extingue.

 

¿Te animas? Te prometo que es un potenciador de tus objetivos. Desde que dejas de hablar con los saboteadores, las metas están más a tu alcance.

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