Según un estudio elaborado por Special K, en el que se ha preguntado a más de 1.000 mujeres españolas sobre su fuerza, tanto física como emocional, al 61% de ellas les afecta que se dirijan a ellas con palabras que las descalifican, como manipuladora, controladora o mandona. Son etiquetas que debilitan su fuerza interior y con las que no se sienten identificadas hoy en día. Las tres palabras tienen connotaciones negativas, indican la intención de control y de engaño con tal de conseguir un objetivo. Las etiquetas condicionan nuestras emociones. El uso que damos a las palabras y la manera en cómo calificamos a los demás debilita la autoestima y la seguridad de la persona. Por el contrario, las hay adjetivos que nos motivan, nos dan fuerzan  y fomentan la seguridad y la confianza. Muchas de estas etiquetas negativas tienen más historia que certeza. La mujer, que hasta hace pocos años llevaba sola el hogar, la organización de la casa, la educación de los hijos, ha tenido que “controlar” estas actividades para que hubiera una sana rutina y para que todo encajara. Los niños, el trabajo, la casa y el ritmo de vida actual, a pesar de ser tareas que ahora ya se comparten con la pareja, requieren orden y una buena organización y gestión del tiempo para que todo el mundo pueda cumplir con sus funciones y obligaciones. Así que dónde una mujer puede percibirse como colaboradora, organizadora y facilitadora, otros pueden verla como mandona o controladora.

La mujer se esfuerza por ser autosuficiente, autónoma e independiente. Y todo esto con un coste enorme, ya que tratar de compaginar la vida de madre, pareja, profesional, hermana, hija, amiga y la propia experiencia con una misma, no siempre es sencillo. La mujer se siente fuerte y capaz y le ha costado mucho trabajo y perseverancia conseguirlo. Lo único que necesita es tener un compañero de viaje que la potencie más. Palabras como manipuladora, mandona o controladora la debilita. Inducen a la insana reflexión, “¿lo estaré haciendo bien?”, “¿debería dejar de intentarlo?”, “¿alguien está saliendo perjudicado cuando trato de llevar todo para adelante?”. Por ello, tratemos de sumar entre todos para que el esfuerzo tenga un resultado mayor.

En psicología, el primado o priming es un efecto relacionado con la memoria. Cuando nos exponemos a etiquetas que nos humillan, respondemos con inseguridad, con duda y nos debilita la fuerza interior. El priming funciona incluso cuando no somos conscientes de que nos están primando. Uno de los experimentos más curiosos sobre esto fue el realizado por John A. Bargh en 1966. En él se mostraban cartulinas con palabras con las que los sujetos debían formar frases, a uno de los grupos le mostraron palabras relacionadas con la vejez. Cuando los sujetos salían del experimento, se midió el ritmo al que caminaban, hallando que aquellas personas que habían sido primadas con adjetivos relacionados con la gente anciana caminaban más despacio, a pesar de que la lentitud no se mencionaba explícitamente en las palabras. Y es que las palabras tienen mucho poder sobre nuestra forma de sentirnos y comportarnos.

Muchas mujeres tienen como referentes de fuerza a sus madres y abuelas, aquellas que renunciaron a sus prioridades por dar esa estabilidad y armonía que necesitaba el hogar. Mujeres que trabajaban de día y remendaban medias y calcetines mientras veían la tele de noche el poco tiempo de descanso que les quedaba.

El 86 % de las mujeres se siente fuerte y las expresiones que más las identifican son seguridad en una mismacapacidad de lucha y decisión para emprender una actividad. Así se ve y así le gusta verse a la mujer de hoy en día. Nos venimos arriba con el ejemplo, con las historias de superación, ajenas y propias, y con el optimismo. Las mujeres buscamos un espejo en el que mirarnos y entre nosotras generamos cadenas de running, de yoga o de networking. Nos gusta colaborar, sentirnos parte de algo grande y que crece. Nos gusta inspirarnos, compartir, aprender y sentirnos fuertes, y esto es justo lo que busca Special K inspirar a las mujeres españolas y hacerlas sentirse orgullosas de su fuerza interior.

Parte de nuestra fuerza interior depende de la manera en como nos relacionamos con nuestros pensamientos. Podemos elegir nuestro juego interior, lo que nos decimos y cómo nos lo decimos, de tal forma que nuestros pensamientos y el lenguaje se conviertan en nuestros aliados. Nadie te va a potenciar si no lo haces tú. Nadie te va a salvar si no lo haces tú, nadie te va a hacer sentir fuerte, si no generas tú la fortaleza. Todo empieza en nuestra mente, en las palabras y en las etiquetas.

Tenemos libertad para elegir lo que pensamos. Tenemos libertad para elegir las palabras con las que nos describimos y calificamos. Así que en nuestras manos está buscar esa fuerza y seguridad en nosotras mismas. Esto requiere estar atentas a nuestros aciertos y saber que en gran parte dependen de nosotras. Tratemos de analizar nuestros éxitos y reflexionar sobre su procedencia, ¿somos nosotras las que los provocamos? Y si es así, ¿entonces será que somos fuertes, seguras, luchadoras, perseverantes, decididas y capaces? Si aprendemos a relacionar nuestro día a día con nuestros valores y nuestra actitud, tendremos claro que la fuerza interior depende de nosotras. Sabemos que la ayuda es necesaria, que las personas son generosas y les gusta ayudar y compartir, pero también sabemos que solas, podemos.

La fuerza interior requiere de un juego interior fuerte. Y ese juego, ese mensaje, lo eliges tú. Nadie puede debilitarte algo que depende de ti.

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