El valor de la prudencia

Lo más importante en las relaciones personales es que uno se sienta cómodo con ellas. Las relaciones pueden ser tanto una fuente de estrés como una de las mejores experiencias. Son varios los valores que permiten tener relaciones sólidas, estables y agradables: la honestidad, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la humildad, etc. Y un valor importante es la discreción.

De hecho, la discreción es en gran parte la base de la confianza. Nadie se siente seguro hablando y compartiendo información con personas que puedan compartir de más. Si quieres ser generoso, hazlo con cualquier cosa menos con la información de los otros.

La persona prudente se comporta:

Con sensatez

Eligiendo en cada momento el comentario oportuno. Debes aprender a valorar las consecuencias. Una persona sensata se maneja de acuerdo con el sentido común. Y el sentido común te dice que no puedes dejar en evidencia a la persona que ha compartido contigo algún tipo de intimidad. Porque supone dejarla vendida.

Con autocontrol

A pesar de que tengamos información de primera mano, veraz y muy interesante, que pudiera convertirnos en la atracción de otros, la persona discreta sabe declinar el interés que pueda suscitar antes que traicionar el secreto o la intimidad de quién le ha confiado una información.

Con respeto

La persona prudente actúa con respeto hacia los demás. Para estas personas está por encima la lealtad que el interés público de lo que conocen.

Con empatía y tacto

Hablar de temas que no corresponden es fallar y dejar en ridículo o al desnudo a la persona que ha confiado en ti. La persona prudente entiende y valora las emociones que puede sentir el otro y procura no provocar su dolor.

Con saber estar

Saber estar es conocer el lenguaje verbal y no verbal que puede ser ofensivo para otros. A diferencia del histriónico o del narcisista que solo buscan aclamo popular y llamar la atención, la persona prudente sabe cuándo intervenir, cuándo dejar que intervengan otros y lo hace en términos serenos.

 

Si eres de las personas que tiende a hablar más de la cuenta, si tienes dudas de dónde están los límites, puedes hacerte estas reflexiones:

En cuanto al entorno, ¿es apropiado el lugar en el que voy a emitir esta opinión? ¿Puedo ofender a alguien?

En cuanto a las personas, ¿estas son las personas que deberían saber lo que voy a decir?, ¿Si hablo de este tema estoy traicionando a alguien?, ¿La persona que me ha contado esta información, querría que yo la dijera en este círculo?, ¿La persona de la que voy a hablar querría que se hablara de ella y sobre este tema y en este contexto?

En cuanto al contenido, ¿es muy íntimo, puede ser incómodo para otros, los demás querrán saberlo? Hay persona que literalmente cuenta sus actos sexuales, sus idas al baño “yo es que si no desayuno dos kiwis, no hay manera”. De verdad que a nadie nos interesa los problemas de evacuación que tenga cada uno en su casa. Hay comentarios que no aportan nada y que pueden hacernos fantasear con algo que es incómodo, como imaginar las consecuencias de los dos kiwis que desayuna Fulanito.

Y sobre todo pregúntate también: ¿Tengo permiso para contar lo que voy a decir?

Si no sabes qué decir, igual es que no tienes que decir nada. Puedes quedarte en silencio. Hay veces en las que no hablamos de nadie, pero hablamos por hablar. No valoramos el silencio, el misterio, dejar que otros participes. En estos casos, hazte estas reflexiones: ¿Es importante lo que voy a decir?, ¿Será de interés para los demás? No todo lo que decimos tiene que ser de tesis doctoral, pero hablar por hablar puede llegar a ser muy incómodo para los otros.

No des opiniones o consejos que no te han pedido. Pregunta a la persona si le interesa saber tú opinión antes de dar por sentado que le vas a solucionar la vida con tu consejo.

En cuanto a las críticas. ¿Va a aportar algo, cambiará a la persona, desea escuchar la crítica, le ofenderé?

Y, por último, ¿esto que yo voy a decir es lo que yo desearía escuchar si viniera de otro?

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